Ensoñaciones del capital: Milei y la teoría de insiders/outsiders

Escribe Diego Fernández

Tras la teoría de los “insiders/outsiders”, el actual discurso oficial impulsa una ofensiva contra el derecho laboral que busca liberalizar los procedimientos de despido y reducir drásticamente las indemnizaciones, alegando que los costos de recambio de personal funcionan como barreras para la contratación. Propone flexibilizar la seguridad laboral y la antigüedad, imponer restricciones severas a las huelgas, el trabajo a reglamento y los piquetes, cuestionando a una legislación protectora y a los sindicatos como responsables del desempleo involuntario. Con estas medidas buscan desmantelar las garantías del sector formal para facilitar el ajuste y limitar la capacidad de negociación de los trabajadores.

Imagen superior: «El cuarto estado» (1901, detalle), óleo de Giuseppe Pellizza da Volpedo, 


 

Algún semiólogo con mucha inventiva acuñó la metáfora del dog whistle (“silbato para perros”, aparatito que, es sabido, emite un sonido que el oído humano no registra pero sí el canino), que se aplica cuando en determinado debate político se utilizan ciertas palabras clave que son decodificadas y entendidas en su real dimensión y significado por la base de seguidores del hablante, pero que suenan inocuas para el resto. Cada vez que Milei perora sobre el funcionamiento del mercado de trabajo, utiliza un término muy peculiar, desconocido para la generalidad del público que no tiene la oreja entrenada: “insiders”. Nunca he visto que se detuviera a explicarlo, siempre lo suelta como al pasar: la mayoría deducirá un significado por el contexto y pensará que simplemente el presidente emplea términos en inglés para mandarse la parte o sobreactuar su carácter pronorteamericano.

Nada más alejado de la realidad. Esa palabra refiere específicamente a un marco conceptual concreto, la reaccionaria teoría de los insiders/outsiders, propuesta en la década del ‘80 por los economistas Assar Lindbeck y Dennis Snower. Sirva esta nota para cambiar la frecuencia del silbato perruno y que entienda el no-iniciado de qué habla el jefe de Estado.

La concepción teórica aludida propone un antagonismo entre los trabajadores ya instalados (los insiders, que serían quienes tienen empleo registrado en empresas con convenios laborales que establecen cierto nivel salarial y prevén vacaciones, licencias, aportes jubilatorios, etc), y los excluidos (los outsiders, directamente desocupados o en la informalidad y precariedad). La idea es que si bien los insiders no generan las barreras que segmentan el mercado de trabajo entre los dos grupos, sí las amplifican (especialmente al formar sindicatos) y las aprovechan en su exclusivo interés, con consecuencias negativas y total desdén para con los outsiders.

La pregunta que guía a los autores refiere al porqué de la existencia y persistencia de un nivel relativamente alto de desempleo. Supuestamente, el paradigma de la economía neoclásica (apologética, vulgar al decir de Carlos Marx), al aplicar un esquema de oferta y demanda al mercado de trabajo prevé que la desocupación involuntaria debiera eliminarse (el que no trabaja es porque, dado el nivel del salario, prefiere destinar su tiempo al ocio; viene a ser la versión académica de la ramplona “acá no trabaja el que no quiere”). La solución propuesta por Lindbeck y Snower es que el mercado laboral no es fluido, sino que los así llamados “turnover costs” (expresión traducible como “costos de recambio de personal”, de reemplazar trabajadores insiders por ousiders) lo dividen en dos compartimentos: como existen gastos (en efectivo o como lucro cesante) al despido de un trabajador de la empresa para contratar un desocupado, los trabajadores actualmente en la nómina gozan de cierta protección de acuerdo a una lógica puramente económica.

Käthe Kollwitz: «La Rebelión de los Tejedores«, 1897.

Profundizando un poco sobre los costos de recambio, se estipula que surgen de tres fuentes. La primera está vinculada a los gastos de la operación de reemplazo propiamente dicha. Para contratar a alguien nuevo, se debe realizar una búsqueda que implica erogaciones en publicidad, la realización de entrevistas laborales y, una vez tomado como entrante, un período especial de capacitación y práctica con supervisores a cargo. La segunda fuente está relacionada con el marco legal/institucional (la legislación del país en el que opera la firma así como sus propios estatutos y reglamentos internos), sobre todo a la hora de despedir: requerimientos sobre un preaviso al cesanteado que puede implicar varias semanas, normativas sobre la carrera dentro de la compañía que se asocien a una mayor estabilidad con el paso del tiempo y, lo más importante, las indemnizaciones por despido y los costos legales vinculados con ellas.

Dejando la tercer fuente para un poco más adelante, ya con estos costos se puede entender la argumentación: los mismos se erigen como barreras al reemplazo de un trabajador en funciones por un desocupado que se ofrecería a un salario más bajo, dado que sólo si la diferencia en la remuneración pretendida de ambos superase todos los costos de recambio la maniobra resultaría en ganancia para la empresa. Esto segmenta el mercado laboral entre un sector de empleados ya instalados y los excluidos: las barreras económicas le dan cierta protección a los insiders (tienen menos probabilidad de ser despedidos), con lo que pueden negociar salarios por encima de lo que sería su contribución a la producción. Porque, recordatorio: en esta, la concepción dominante de la economía, los obreros crean sólo una porción del valor de las mercaderías que producen, siendo que junto con el aporte del capital y de la tierra se explica el total del mismo. Esta premisa hace que esa diferencia positiva en el salario de los insiders sea vista como una “renta” por la teoría, un ingreso no justificado en el esfuerzo del trabajador e impuesto a la sociedad vía la sustracción a lo que correspondería a otro agente productivo o mediante el encarecimiento del producto que vende la empresa para los consumidores.

Dada, entonces, esta protección “natural” de los insiders, estos van a aprovecharla para acordar bilateralmente con la empresa (sin que los trabajadores desocupados puedan tener voz en esta negociación) salarios y condiciones laborales que se ubican por encima de lo que determinaría el mercado si no existiese. Y ocurre que al establecerse un precio de la fuerza de trabajo (salario) que esté por encima del que determinaría el mercado, la empresa (podría decirse asediada, doblegada por sus trabajadores actuales) reaccionará no contratando tanto personal como potencialmente podría, pues le es relativamente caro. A la vez, a ese nivel de salario, hay más obreros dispuestos a emplearse (en un cuadro de oferta y demanda de mano de obra, la primera es creciente en cantidad respecto al sueldo y la segunda se retrae). Se genera así el fenómeno del desempleo involuntario persistente: desocupados que, aunque se ofrezcan a trabajar al salario vigente -e incluso por menos que éste-, no logran conseguir trabajo. Situación que, por cierto, cuanto más perdura más degrada las capacidades del trabajador desocupado e incrementa los costos de entrenamiento si llegase a convertirse en un entrante.

Comprendiendo esta situación, los trabajadores ya establecidos van a generar ellos mismos la tercera fuente de costos de recambio de personal. A través de conductas como la cooperación en la producción entre sí pero negándola a los nuevos entrantes o directamente mediante el hostigamiento (harrasment) a estos, los insiders bajan la productividad laboral de quienes quieran ingresar con un salario menor que el que han negociado, haciéndolos económicamente inviables a los ojos de la empresa. Los sindicatos aparecen en escena como cofradías de insiders que potencian estas prácticas, y obtienen y mantienen las leyes, como las de indemnizaciones por despido, que protegen a los insiders. Esto se logra no solamente a través del “lobby” ante los poderes públicos, sino también mediante las que esta teoría denomina “herramientas buscadoras de rentas” (rent seeking tools), como ser las huelgas, los piquetes de fábrica, el “trabajo a reglamento” (strikes, work-to-rule activities and picket lines).

Vale decir, que los obreros formales y sindicalizados son los villanos de esta historia, pues al amparo de los costos de recambio (costos que “pérfidamente” amplifican) pueden maximizar el propio interés obteniendo pagas que incluyen una renta que cargan a cuenta de la sociedad, generando en el proceso desempleo y exclusión.

A nadie pueden sorprender las recomendaciones en política que surgen de semejante marco conceptual:

“…restricciones a las huelgas y piquetes, y flexibilización de la legislación sobre seguridad laboral y antigüedad -por ejemplo, mediante leyes para liberalizar los procedimientos de despido, reducir los costos de litigio y reducir las indemnizaciones por despido-, al menos en países donde dicha legislación es particularmente estricta”. Lindbeck y Snower, “Insiders versus Outsiders”, en Journal of Economic Perspectives, 15(1), 2001, p. 185, la traducción es mía (DF).

Medidas que son propuestas, por supuesto, con el discurso de promover el bienestar de los desocupados y los excluidos.

Trabajadores desocupados en la crisis de 1930 en EE.UU.
(Foto: Liborio Justo).

Ensoñaciones del capital 

Al margen de ser una doctrina reaccionaria, la teoría de los insiders/outsiders es palmariamente falsa. Su centro de gravedad es inválido: parte de que los trabajadores sólo hacen un aporte parcial al valor, proponiendo que éste también es creado por materia inerte, el capital y la tierra. Solamente así se puede arribar a la disparatada conclusión de que los operarios que están en las fábricas tienen ingresos rentísticos. El salario “correcto” de mercado se propone como equiparado a la productividad marginal del “factor trabajo”: la empresa contrata empleados que tienen una productividad decreciente hasta el obrero cuya producción valuada en dinero sea igual al salario de la economía.[1] Salario que a la vez es igual a la “desutilidad” (el displacer) que le genera trabajar: para evitar que la persona dedique su tiempo al ocio, debe compensársele monetariamente su subjetiva percepción del malestar que acarrea el empleo. Si ese pago excede tales cosas, vendría a ser una ganancia extraordinaria la que recibe el trabajador en cuestión.

Todo esto es enteramente incorrecto. El salario se determina de manera objetiva, es el valor de lo que está vendiendo el obrero en el mercado: su capacidad de trabajar. Venta que por cierto se hace de forma “económicamente” coercitiva dado que la alternativa al trabajo es la inanición y no, como fabulan estos abogados del capital, la recreación y el ocio. Por lo menos no a la escala social que conforma el mercado de trabajo. Descontando situaciones que son la excepción y no la regla, la población trabajadora ofrece su fuerza de trabajo en una cuantía más bien constante, a un nivel del salario que se conforma externamente a su voluntad. Ese valor es lo que cuesta que el operario esté en condiciones (fuerza y mente) de cumplir con sus deberes para con el capital, léase el consumo de cierta canasta de bienes entre los que sobresalen la alimentación, el vestido y la habitación. El secreto de la acumulación capitalista consiste en que el valor de tales bienes es inferior al que produce dicho empleado durante la jornada laboral. Ahora bien, esa canasta de consumo incluye un componente (“cultural”, digamos) por encima del mínimo de subsistencia, cuyo monto fluctúa con la lucha de clases.[2] Si un grupo de obreros logra una conquista salarial, lo único que está haciendo es alterar un poco en su favor la distribución del valor (del que son solos creadores), limitando en algo la ganancia de la empresa. Empresa que, por lo demás, no responderá a cambios en el salario modificando por esa causa el empleo: en la gran mayoría de los casos, la producción tiene “proporciones fijas”. Una cosechadora es manejada por un maquinista. Digamos dos que se turnen. Una máquina de coser requiere un operador por turno también. Cambios en el salario no van a hacer que las empresas reemplacen máquinas por trabajadores y sumen o resten personal. Por lo menos, no por su productividad, que es como se presentan las cosas (más a largo plazo, una mayor tasa de explotación laboral puede habilitar la compra de una segunda máquina, por la mayor acumulación en la empresa).

En conclusión, la lucha de los trabajadores ocupados por mejor salario, estabilidad y condiciones laborales no implica que vaya a haber una mayor cantidad de oferta de trabajo que no encuentra ocupación, ni una menor demanda de brazos por parte de las firmas que los contratan. Las empresas verían bajar en algo sus ganancias, eso sí.

Es casi transparente la intención de este dispositivo ideológico: responsabilizar a los trabajadores ocupados por los problemas de exclusión, fomentar la discordia y contradicción entre ocupados y desocupados, y justificar la represión de actividades gremiales que busquen torcer la distribución del ingreso que proponen los dueños de las cosas. La realidad va por carriles totalmente distintos. La desocupación no es causada por mejoras laborales, sino que, de forma completamente inversa, el crecimiento del “ejército de reserva” de desocupados es la principal herramienta de extorsión que tiene el sistema para restringir las aspiraciones salariales de los trabajadores en funciones. La desocupación y exclusión crónicas que campean en el país tienen su grotescamente obvia causa en el saqueo desembozado que realiza el imperialismo y el empresariado “intermediario” que habilita aquí sus negocios, especialmente desde la dictadura a esta parte.


Diego Fernández es Investigador del CONICET en el CIEA, FCE-UBA.


[1] Se ha desarrollado críticamente este asunto en otro número de La Marea, https://revistalamarea.com.ar/un-enorme-problema-teorico-de-la-doctrina-economica-liberal/

[2] “Ahora bien, por lo que se refiere a la ganancia, no existe ninguna ley que le trace un mínimo […]. ¿Y por qué no puede establecerse este límite? Porque si podemos fijar el salario mínimo, no podemos, en cambio, fijar el salario máximo. Lo único que podemos decir es que, dados los límites de la jornada de trabajo, el máximo de ganancia corresponde al mínimo físico del salario, y que, partiendo de salarios dados, el máximo de ganancia corresponde a la prolongación de la jornada de trabajo, en la medida en que sea compatible con las fuerzas físicas del obrero. Por tanto, el máximo de ganancia se halla limitado por el mínimo físico del salario y por el máximo físico de la jornada de trabajo […]. La determinación de su grado efectivo se dirime exclusivamente por la lucha incesante entre el capital y el trabajo; el capitalista pugna constantemente por reducir los salarios a su mínimo físico y prolongar la jornada de trabajo hasta su máximo físico, mientras que el obrero presiona constantemente en el sentido contrario.” Carlos Marx, Salario, precio y ganancia, Buenos Aires, Editorial Anteo, 1898pp [1987], p. 40.


 

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