Sustancias psicoactivas, capitalismo, aspectos político/económicos y socio-sanitarios
Escribe Horacio Tabares
El análisis de las sustancias psicoactivas revela que el narcotráfico no es un fenómeno aislado, sino una estructura piramidal funcional del Estado. Mientras las políticas represivas tradicionales acumulan décadas de fracasos, surge la necesidad de denunciar los vínculos entre las agencias de inteligencia, el sistema financiero y los «barones» de la droga que utilizan a los sectores más castigados como mano de obra fungible.
Pandemia de consumos, lo que aparece y lo que se oculta
La cuestión “drogas” se ha instalado en la sociedad con fuertes connotaciones. Las repercusiones que ha alcanzado en el colectivo social son notables, habida cuenta como ha impactado en la cotidianeidad de instituciones, agrupamientos humanos y en la vida familiar e individual de las personas.
Podríamos decir que hay un antes y un después de la aparición de la denominada “pandemia social” de consumos. Nadie puede ignorar cómo ha ido mutando la fisonomía y las relaciones entre los habitantes de la comunidad, paralelamente al crecimiento de consumos y de bocas de expendio y otras modalidades de aprovisionamiento a través de “dealers” barriales, que por supuesto, reportan y dependen de inescrupulosos “barones” zonales.
En una compleja e inestable estructura piramidal, se van configurando redes de distribución que juegan en la disputa por el control de espacios urbanos. Juegos de poder que tiñen de sangre algunas de las tortuosas callejuelas donde se albergan quioscos o bunkers, porque la conquista se realiza con la máxima violencia y estatuye la eliminación física del adversario.
Los “soldaditos” (así los conoce la gente) son pibes descartables, y de poca vida útil. Se reclutan entre los sectores más castigados de la sociedad, aquellos que con singular prosa bautizó el sociólogo Loic Wanquant, como “la escoria de la sociedad de mercado”.[1]
Vivir al día, con singular velocidad y disfrutar de un par de prebendas que ofrece el conchabo, porque el mañana es incierto y llega pronto. Llantas (zapatillas) nuevas y ostentosas, un celular y un fierro (pistola): ¡para que más! ¡hay que hacerse respetar! Apenas salidos de una niñez castigada por las privaciones, pero repletas de carencias materiales, simbólicas y culturales, entre las escasas posibilidades que le quedan, es la de servir al narco barrial.
Por supuesto que esto supone una modalidad de servidumbre y esclavitud, para quienes los articulados de la Convención Internacional de los Derechos del Niño, son enunciados sin sentido ni vigencia. Pibes que no pueden valorar la vida porque están impedidos de vivir la suya, de allí que cuando a punta de faca se apropian del calzado de otro pibe, uno se pregunta: ¿victimarios o víctimas?
Víctimas del discurso del mercado, y de un entramado social que los condena al vasallaje donde la custodia del bunker de la droga es la forma de llevar un pan a su indigente hogar. Es quien compró la “incitación del mercado”, quien más incorporó el mensaje del marketing y que depositó en esas zapatillas ajenas, el sueño de una lejana felicidad. Para él que nada posee, se transforma en el instrumento que obtura –aunque transitoriamente– los agujeros del alma.
Las “buenas conciencias” braman por el castigo aleccionador, ocultando que el verdadero beneficiario de estas prácticas atroces (la cadena de producción y distribución de sustancias y la moderna esclavitud de los pobres) están en otro lado. Acumulando riquezas como consecuencia de la renta producida por sus prácticas criminales.
Estas son las paradojas presentes en la sociedad capitalista. Quienes son víctimas del sistema –los pibes que para malvivir tienen que servir al narco– aparecen como los victimarios. El marketing –instrumento del sistema para producir consensos– los muestra como los causantes de la violencia y del aumento de la distribución y consumos de drogas.
“Apunten al narcomenudeo” pareciera ser la consigna –equívoca y confusionista– que tendría el poder de resolver la cuestión de la droga. Como en un juego perverso de espejos, la imagen del responsable –el patrón narco y sus socios– se esfuma, y las razones de la actual pandemia de consumos son depositadas en los habitantes del universo de los excluidos.
El fracaso de las políticas públicas sobre drogas
Este es un tema clave en el debate sobre la cuestión de las drogas. Porque lo que demuestran los balances de las Políticas Públicas sobre Drogas, no es otra cosa que su total fracaso. Así es que la Convención de las Naciones Unidas contra el Tráfico Ilícito de Estupefacientes y Sustancias Psicotrópicas (Viena 1988) dice en su encabezado: “Profundamente preocupadas por la magnitud y la tendencia creciente de la producción, la demanda y el tráfico ilícitos de estupefacientes y sustancias sicotrópicas, que representan una grave amenaza para la salud y el bienestar de los seres humanos y menoscaban las bases económicas, culturales y políticas de la sociedad”.
Han pasado nada mendos que 76 años desde el primer acuerdo internacional que intentó regular el comercio de drogas y la situación actual muestra que continúa creciendo el tráfico de drogas. En la primera “Convención Internacional del Opio” realizada en La Haya se dieron cita representantes de 12 países, conjuntamente con especialistas y profesionales destacados, intentando diseñar propuestas para frenar la producción, comercialización y consumos de sustancias psicoactivas.
La opinión del Dr. Luis Roberto Rueda, especialista en el tema, Camarista, Profesor de la Universidad Católica de Córdoba y Magister en Drogodependencia, es absolutamente pertinente: “Han coincidido los tratadistas en que del texto de la Convención suscripta en Viena, el 19 de diciembre de 1988, surge claramente que los Estados firmantes de la misma fueron conscientes de que la forma de represión tradicional no solo no era suficiente para detener el narcotráfico, sino que, por el contrario, demostraba un auténtico fracaso desde que este tipo de comercio ilegal, además de no detenerse, se fue progresivamente expandiendo en el mundo”.[2]
En el lapso de más de ochenta años, se concretaron más convenciones, encuentros y asambleas donde se establecieron Políticas Públicas –que serían adoptadas por cada país participante– que fueron impotentes para modificar la realidad de la invasión creciente de la producción, circulación y consumos en el mundo.
Podemos decir que lo mismo vale para nuestro país, donde la vigencia de la actual legislación sobre la materia (Ley 23.737) es por su concepción absolutamente represiva (vale aquí aplicar el concepto de forma de represión tradicional con el cual Rueda impugnaba las Convenciones Internacionales) inadecuada para brindar algún tipo de solución.[3] Por lo tanto, es pertinente interrogarse sobre las razones que han llevado, tanto a nivel internacional, como en nuestro medio, al fracaso de las políticas impulsadas para resolver la cuestión de las drogas.
Nuestra opinión es taxativa, las propuestas impulsadas se han construido sobre la base de un diagnóstico erróneo. Esto es consecuencia de que entre quienes participaban en la elaboración de las propuestas estaban las potencias imperiales responsables de la situación. Es decir, que entre quienes intentaban generar proyectos para dar solución, justamente, se encontraban los que eran parte del problema.
El imperialismo ha instrumentado la conexión con los carteles de drogas para su política expansionista y neocolonialista.
En otro trabajo analizo la responsabilidad en estos temas de países imperialistas como Inglaterra, Rusia, Francia, EE.UU. y otros. En este sentido el imperio Inglés fue (conjuntamente con Rusia, Francia y Holanda) quien generó un dispositivo a través del cual inundó de opio a China.[4] Cuando los gobernantes chinos establecieron medidas para poner trabas al ingreso del opio, estos países le declararon la guerra. Paradójicamente, quienes en el siglo XIX fueron responsables del crecimiento del consumo del opio en China, son los que se sientan en la mesa de conversaciones con miembros de otros países para poner diques a la circulación de drogas.
Lo mismo ha ocurrido con los EE.UU., pues hay evidencias firmes sobre la colaboración de la CIA con el cartel de Medellín para introducir cocaína en California, y con la renta producida financiar la actividad de los “contras” nicaragüenses en la época de D. Reagan, por otra parte, no está demás mencionar que este personaje fue el autor del lema “Dígale no a la droga”.
En un sustancioso artículo “La guerra del opio de EE.UU. en Afganistán” el periodista Alfred W. McCov nos informa el papel de la CIA y del ejército norteamericano en la utilización de una política del opio en Afganistán.[5] Parte de la trama secreta de los acuerdos con los grupos de cultivadores de amapolas para beneficiar los planes de penetración y de control de la región por parte del imperio.
Esta cuestión de la droga ha sido una constante de los países imperialistas. En el análisis del Plan Colombia y de la iniciativa Mérida, también se verifica cuando EE.UU. se comprometió con Colombia y con México para erradicar los carteles de la droga. El periodista Ramón González Ortiz, en su artículo “El Plan Colombia y la Iniciativa Mérida”, decía lo siguiente: “La guerra contra las drogas circunscrita en la Doctrina de Seguridad Nacional impulsada por EE.UU. ha servido en Latinoamérica para la instauración de ‘modelos estables’ que restablezcan la hegemonía burguesa en la sociedad y la hegemonía norteamericana en la región. Particularmente, en Colombia, que aun sin contar con una dictadura formal en los años sesenta y setenta, se impuso esta doctrina llegando hasta los cimientos del Estado mismo, por las élites y las Fuerzas Armadas de ese país”.[6]
En una entrevista del periodista Mario Casasus a Rafael Barajas, autor del libro “El narco en México y como lo USA”, le pregunta sobre las consecuencias del Plan Mérida gestado por EE.UU. con el pretexto de ayudar a México a combatir el narcotráfico. El autor se remonta a la guerra de Inglaterra contra China donde participaron comerciantes norteamericanos y dice: “si haces una revisión de las guerras de la droga durante los últimos 60 años, te darás cuenta que en todas participó Estados Unidos: en China, Vietnam, Afganistán, Japón, Camboya, Laos, Birmania, Tailandia, e Indochina, también en la ‘French Connection’ entre la mafia corsa y siciliana.[7] Por supuesto en Sudamérica con el Plan Colombia y en Centroamérica con la Contra nicaragüense y los Kaibiles guatemaltecos, la pregunta sería: ¿México es la excepción?, la historia confirma que México no es la excepción de la regla.” Casasus le pregunta cómo es el modos operandi de EE.UU. y Barajas responde: “El Congreso Norteamericano y académicos han documentado que las Agencias Secretas Norteamericanas organizaron muchas de las redes y rutas del tráfico de drogas durante 60 años, esto no te resulta novedoso, lo sabemos. En México los gringos están metidos en todos los niveles, desde Washington hasta la CIA y el Pentágono, lo que acabamos de ver del Operativo Rápido y Furioso no es un accidente, no es un operativo de armas fuera de control, es la norma, así funcionan, así se organizan. El gran operador de las redes de la venta de cocaína entre México y Estados Unidos es un señor de nombre Alfredo Sicilia Falcone y cuando lo detienen confesó: ‘yo soy un informante de la CIA y ellos están al tanto de mis actividades, la CIA me ayudó a instalar el negocio para ayudar a la Contra nicaragüense’.”.
Así es que, como podemos apreciar, las Políticas Públicas gestadas en las Convenciones Internacionales estaban condenadas inevitablemente al fracaso, pues las corporaciones de la droga son parte indisoluble de los Estados de las potencias imperialistas.
No solo mantienen maridajes espurios con las Agencias de Inteligencia y Seguridad de los mismos –en el caso de EE.UU., con la CIA y la DEA– sino también con los principales operadores del sistema financiero y bancario –que les posibilita lavar su renta criminal–. Por otra parte, son también conocidas sus relaciones con personajes de la política, de ámbito judicial y del mundo empresarial.
En mi libro Drogas, Debates sobre Políticas Públicas destaco el papel que cumple la CIA y la DEA, en la protección de narcos para favorecer a corrientes políticas afines a los imperios y de esta manera mantener el control y la penetración en los países dependientes.[8]

La interdependencia de los aspectos
políticos-económicos y socio-sanitarios
Es lícito preguntarse cómo tratar estas cuestiones bajo los gobiernos actuales. En primer lugar, debemos ser claros al sostener esta hipótesis respecto de las dificultades que se nos presenta, tanto a nivel de las estrategias preventivas, como en los abordajes clínicos.
Porque aun cuando los enfoques clínico terapéutico puedan ser eficaces, el sistema ingresa al consumo una cantidad infinitamente mayor de seres humanos de los que nosotros podamos tratar.
Esta cuestión es pertinente, pues existe una presión para desviar el eje de la acción tanto por las políticas neoconservadoras (como la expresada por la exministra de Seguridad Patricia Bullrrich) o algunas corrientes de “reducción de daño”, que al responsabilizar al “prohibicionismo” de los desastres provocados por la pandemia de consumo, en los hechos terminan favoreciendo a los carteles de la droga y al sistema capitalista.
Ahora bien, en cuanto a la relación de los términos político/económico y lo socio-sanitario, hoy el aspecto principal pasa por el primer polo.
Por esta razón –mientras vivamos en un estado clasista–, bajo cualquier tipo de gobierno tenemos que denunciar a la estructura narco, y a las relaciones que facilitan su negocio, a los sectores del poder que los apañan y que se apropian de parte de su renta.
En los estados de las sociedades clasistas, aun en los más democráticos, funciona el sistema representativo parlamentario. Tenemos que utilizar todos los resquicios que permitan que nuestras propuestas sobre el tema, no solo lleguen a las masas, sino articular con actividades que lleven a que las mismas se puedan concretar.
En los barrios, las organizaciones de la vida civil son –vecinales, instituciones comunitarias, agrupaciones piqueteras, centros de jubilados, clubes deportivos, sociales y culturales, etc.– quienes más conocen los estragos que producen la presencia narco en sus territorios. De allí que hay que obligar presionando a las fuerzas de seguridad a intervenir para frenar a los grupos que distribuyen droga.
Para ello es necesario implementar modalidades de democracia directa, gestando espacios donde los jefes de las fuerzas de seguridad tengan que rendir cuentas frente a una asamblea de vecinos en forma regular. Como también en cada ciudad o localidad, se tiene reunir el órgano parlamentario, con la participación de las organizaciones populares, y que la autoridad policial rinda cuenta de su gestión en el tema, o en otros que sean de interés para la comunidad.
Pero este tipo de organización, que posibilita la participación popular, tiene que servir para frenar los atropellos de los grupos narco, donde se atemoriza al barrio, se ocupan viviendas para utilizarlas como lugar de distribución de droga, y –entre otras cuestiones– rescatar a “soldaditos” de la esclavitud narco.
Hasta aquí acercamos una opinión sobre un enfoque integral para el tema de drogas debe asentarse sobre la interdependencia de los aspectos político-económicos y los socio-sanitarios.
Horacio Tabares es Psicólogo Clínico y Prof. Psicología (UNR) y psicólogo social (IRDES). Cursó la Maestría en Drogodependencias en la Facultad de Medicina de la UNC. Fundador del Centro Comunitario de Salud Mental “Vínculo”, es actualmente docente de la cátedra “Salud Mental y Consumos Problemáticos”, Facultad de Ciencias Médicas, UNR. Es autor de una decena de libros, el último: Experiencias sobre estrategias en prevención comunitaria de consumos y adicciones a sustancias psicoactivas (junto a María Alicia Riestra – Ágora, 2025).
[1] Wacquant, L. Los condenados de la ciudad. Gueto, periferias y estado. Siglo veintiuno editores. Buenos Aires, 2013.
[2] Rueda, L. R. Narcotráfico y Derecho Positivo. (Aspectos Legislativos Nacionales e Internacionales). Advocatus Ed., Córdoba, 2005.
[3] En relación a esta cuestión reconocemos la deuda que tenemos con la gente. Esta ley no nos representa y es hora que desde esta corriente crítica impulsemos un texto legal que interprete nuestra concepción.
[4] Ver Tabares, H. Drogas. Debates sobre Políticas Públicas. Ed. Corpus. Rosario, 2018.
[5] McCoy, Alfred W. La guerra del opio de EEUU en Afganistán. www.lahaine.org
[6] González Ortiz, Ramón César El Plan Colombia y la Iniciativa Mérida. El trasfondo de Ayotzinapa. Pubicado en Diciembre de 2014, México https://rebelion.org/el-plan-colombia-y-la-iniciativa-merida/
[7] Casasus, M. Entrevista a Rafael Barajas: “La economía global es adicta al dinero del narcotráfico”. https://nonosolvidamosdehonduras.blogspot.com/2012/01/rafael-barajas-la-economia-global-es.html
[8] Tabares, H. Op. Cit.

